No hace mucho leí
que habría
que poner a madres con sus bebés
al frente de los batallones. El miedo,
dicen, es
el arma más poderosa.
Por eso nos esforzamos en perderle el miedo
al miedo.
Y quizá
sea verdad.
Quizás en las extremas situaciones de la vida y de la muerte,
de la pistola en la frente y la espada en el
pecho,
de la amenaza al bebé que sostenemos
o simplemente al bebé que fuimos
encontramos la fuerza sobrehumana para
luchar
por encima de nuestro propio miedo.
Pero hay otro miedo menos poderoso y mucho más traidor:
el que no nos da fuerza
ni arrojo ni poderes extraños con los que afrontar
el miedo al miedo al miedo…
El miedo cotidiano (o casi) a la anestesia,
al dentista y al análisis de sangre,
a las arañas y a las cucarachas
o a la oscuridad conocida del propio
pasillo.
El miedo a fracasar, a llegar a lo más alto,
donde el miedo se funde con la atracción del vacío.
El miedo a conocer o a que nos reconozcan
en quienes no quisimos ser
quizá
por miedo.
Miedo al espejo y a la báscula,
a las fechas del DNI,
al ladrido imprevisto del perro; miedo
a perder lo que queremos y casi nunca es nuestro.
El miedo al primer cuerpo de la mujer
primera
que nos clava los ojos desde abajo
como rayos de lava
o nos mira frente a frente
con esa mezcla insoportable
de rabia, de pena, de desdén o, peor:
con absoluta indiferencia.
con absoluta indiferencia.
©Santiago Pérez Merlo
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